viernes, 14 de octubre de 2016

Reflexión: Gestos Ordinarios

Las personas han necesitado siempre de gestos y palabras para entrar en contacto con el otro. Es algo que al hombre le nace de su propia naturaleza por ser material y espiritual; y este aspecto esencial al hombre, encuentra en sus gestos y palabras la mejor forma de salir de su interioridad y comunicarse con otro, sobre todo, cuando este otro es una persona humana, también misteriosa en su propio ser.

Incluso el hombre secularizado por la técnica y la ciencia ha buscado “signos” de diversas clases para expresar el inefable misterio de su interior: el himno nacional, la bandera, el escudo, han pasado a ser símbolos de un pueblo. Cuando las fiestas religiosas han sido olvidadas por los humanistas ateos, han recurrido al día de la madre, de la amistad, de la secretaria, etc., no sólo para brindar una ocasión al consumismo, sino también para saciar la necesidad de expresar con algún gesto lo que en la ordinariez de la vida no se sabe celebrar. Y la sonrisa de un niño, el apretón de manos entre dos amigos, un ramo de flores, un beso de novios, el regalo de cumpleaños, la fiesta y el banquete social entre socios y amigos..., ¿qué son sino formas de querer expresar al otro el secreto indescriptible que anida en lo más oculto del corazón humano?.

No es tanto el regalo, la palabra escueta, la materialidad de un gesto..., es el “significado” profundo que le imprime, el calor humano, lo que cuenta en las relaciones interpersonales. Y estos “signos”, tan necesarios al hombre y tan cargados de fuerza, son lo que técnicamente se ha dado en llamar “sacramentos”. En nuestra vida ordinaria, sin damos cuenta, estamos rodeados de estos signos sacramentales a todos los niveles: de amigos, de familia, sociedad, etc. Son las expresiones imprescindibles para manifestamos, pronunciamos y encontramos con el otro, al que interpelamos, esperando igualmente una respuesta reveladora del secreto de su interior.

Sólo que cuando a estos “sacramentos” o “signos” les apellidamos con el nombre de “cristianos”, es cuando merecen el título pleno de “Sacramentos de la Iglesia”, porque con esos signos queremos celebrar en el oasis de nuestro peregrinar, en nuestro nacimiento, mayoría de edad, un puesto en la sociedad, el deceso de un ser querido, la dimensión de aquel otro gesto parecido de Cristo que aconteció en su historia humana como una causa ejemplar y modelo de nuestras propias situaciones históricas. Y estos gestos de Cristo, interpretados con fórmulas y palabras que los explicitan, constituyen esos momentos fuertes en que festivamente nos ponemos en contacto con Cristo y con los hermanos, refrescando la aridez del desierto en el que crecen las pequeñas plantas o “neófitos” que un día nacieron a la vida del Pueblo de Dios por el agua del bautismo.

Ciertamente se podían enumerar multitud de signos cargados de fuerza cristiana en la vida de la Iglesia y que continuamente nos revelan y sumergen en el misterio de la vida de Jesús: se podría hablar del sacramento del pobre, del sacramento de la palabra, del sacramento de dolor, etc. Serían otros tantos símbolos o sacramentos con los que presenciamos la historia de Jesús. No por menos solemnes y oficiales dejan de ser profundamente sacramentos cristianos.

Fuente: Padrenuestro

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